Por: Victor Peralta
Coordinador Cambio Climático UTEC Portuguesa MINEC
Hubo un tiempo en que hablar del cambio climático era una suerte de ejercicio de ciencia ficción futurista. Era un problema de "nuestros nietos" o de osos polares sobre témpanos solitarios en un Ártico lejano. Sin embargo, lo ocurrido en los últimos dos años, y de manera flagrante en este 2025, ha derribado el muro de la negación: el cambio climático ya no es una estadística en un informe de la ONU; es el aire irrespirable en nuestras ciudades, la factura de la luz disparada por el aire acondicionado y el precio del aceite de oliva en el supermercado.
Estamos ante una paradoja fascinante y aterradora. Nunca antes habíamos tenido tanta información, tanta tecnología para la transición energética y tanta conciencia social; pero, al mismo tiempo, nunca antes las emisiones de CO2 habían sido tan altas. ¿Qué es lo que está fallando?
El problema reside en que seguimos gestionando una emergencia planetaria con herramientas del siglo pasado. La política internacional parece atrapada en una coreografía de "cumbres del clima" (COP) que terminan en comunicados tibios y metas para el 2050, una fecha que para el ritmo actual del deshielo suena a un "mañana" que jamás llegará. Mientras los despachos discuten gradientes de temperatura, los ecosistemas están enviando señales de colapso: el Mediterráneo se está convirtiendo en un mar tropical y eventos meteorológicos extremos, antes excepcionales, son ahora nuestra rutina semanal.
Pero no caigamos en el cinismo de pensar que "ya es tarde". El derrotismo es, en realidad, otra forma de negacionismo; una excusa para no mover un dedo.
La actualidad nos exige pasar de la responsabilidad individual (esa que nos hace sentir culpables por usar una pajita de plástico) a la exigencia sistémica. Es loable reciclar y reducir el consumo de carne, pero es insuficiente si no exigimos a los gobiernos una reforma estructural de la movilidad, una apuesta radical por las renovables y, sobre todo, el fin de los subsidios a los combustibles fósiles. La economía no puede crecer infinitamente en un planeta con recursos finitos; ignorar esta ley física es, simplemente, un suicidio colectivo.
La buena noticia es que la transición ecológica no es solo un sacrificio; es la mayor oportunidad de nuestra era. Ciudades más verdes significan mayor salud mental; una energía descentralizada significa soberanía frente a dictaduras petroleras; y una agricultura respetuosa significa seguridad alimentaria.
El cambio climático nos ha puesto frente al espejo. Ya no se trata de "salvar el planeta", la Tierra seguirá girando con o sin nosotros, sino de decidir si queremos ser la generación que permitió que el mundo se volviera un lugar hostil, o la generación que tuvo la valentía de rediseñar su futuro.
El termómetro ya no es una advertencia; es un grito. Y es hora de que dejemos de mirar la temperatura para empezar a cambiar el sistema. El tiempo de descuento ya ha empezado.
COORDINACIÓN CAMBIO CLIMÁTICO UTEC PORTUGUESA MINEC

































