Por: Víctor Peralta
Coordinador Cambio Climático UTEC Portuguesa MINEC
Es una cifra que debería detenernos en seco: el 0.01%. Según un exhaustivo estudio reseñado por The Guardian, esa es la minúscula porción que representamos los seres humanos en la biomasa total de la Tierra. Si el planeta fuera una empresa, seríamos un departamento minúsculo; sin embargo, nos hemos comportado como dueños absolutos, alterando la "hoja de ruta" de la vida de forma irreversible.
Desde el inicio de nuestra civilización, ese 0.01% ha logrado lo impensable: hemos arrasado con más de la mitad de las especies del planeta. Pero el impacto no se mide solo en lo que hemos destruido, sino en lo que hemos "remodelado" para nuestro propio beneficio.
Un planeta de Agronegocio, no de bosques
Las estadísticas actuales pintan un paisaje que dista mucho de la naturaleza salvaje que imaginamos. Hoy, el 70% de las aves del mundo son aves de corral; apenas un 30% vuela libre en estado silvestre. En el reino de los mamíferos, la imagen es aún más distorsionada: el 60% son animales de granja (principalmente vacas y cerdos destinados al consumo), el 36% somos nosotros, y solo un ínfimo 4% son animales salvajes.
Hemos convertido la biodiversidad en una línea de producción. Aquella naturaleza indómita que inspiró a nuestros antepasados ha quedado reducida a un porcentaje marginal, mientras que el grueso de la vida animal sobre la Tierra existe únicamente para sostener nuestro estilo de vida.
El peso de nuestra responsabilidad
¿Cómo una especie tan pequeña en masa puede ser tan masiva en destrucción? La respuesta está en nuestro talento estratégico, el mismo que nos ha llevado al éxito tecnológico pero que ha fallado en reconocer los límites biológicos. Hemos confundido el progreso con la dominación, olvidando que un líder que agota sus recursos está condenado al fracaso a largo plazo.
El hecho de que los mamíferos salvajes representen solo el 4% no es solo una tragedia ambiental; es una señal de alarma sobre la pérdida de equilibrio. La paz y la tranquilidad que tanto valoramos como especie dependen, irónicamente, de un ecosistema diverso que hoy está contra las cuerdas.
Hacia un nuevo liderazgo planetario
No se trata de renunciar al desarrollo, sino de aplicar nuestra capacidad de gestión y visión estratégica para devolverle espacio a lo salvaje. Si tenemos el poder de remodelar la biomasa de un planeta entero, también tenemos el potencial para restaurarlo.
Somos el 0.01%, pero nuestra influencia es del 100%. Es momento de que esa influencia deje de ser una carga y se convierta en una garantía de supervivencia para ese 4% de vida silvestre que aún resiste. El verdadero éxito de nuestra especie no se medirá por cuántas hectáreas dominamos, sino por nuestra capacidad de coexistir con lo que queda de un mundo que, aunque no lo parezca, no nos pertenece solo a nosotros.
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