Por: Victor Peralta
Coordinador de Cambio Climático UTEC Portuguesa MINEC
Ya no hablamos de un futuro distópico ni de las advertencias lejanas de científicos en laboratorios aislados. El 2025 y el inicio de 2026 han confirmado lo que la ONU ha denominado la transición del "calentamiento global" a la "era de la ebullición global". Hemos cruzado el umbral de las advertencias para entrar en el de las consecuencias directas. Sin embargo, frente a un termómetro que no deja de subir, surge una pregunta incómoda: ¿es nuestra respuesta política y social proporcional a la magnitud del desastre?
El gran problema actual del cambio climático no es la falta de evidencia, sino la brecha de implementación. Durante las últimas cumbres del clima (COP), hemos visto un desfile de compromisos para abandonar los combustibles fósiles. Pero, en la práctica, las subvenciones a estos mismos combustibles alcanzaron cifras récord el año pasado. Vivimos en una esquizofrenia económica donde pretendemos apagar el fuego mientras seguimos echándole gasolina por debajo de la mesa.
No podemos ignorar que la lucha contra el cambio climático ha dejado de ser una cuestión meramente ambiental para convertirse en una crisis de desigualdad. El cambio climático es un multiplicador de injusticias: los países que menos han contribuido a las emisiones históricas son los que hoy sufren las sequías más severas y las inundaciones más devastadoras. La justicia climática no es un eslogan de pancarta, es un imperativo ético. Si el Norte global no financia la transición del Sur, no habrá muros lo suficientemente altos para contener las olas migratorias forzadas por la inhabitabilidad de los territorios.
Por otro lado, existe una narrativa peligrosa que deposita toda la responsabilidad en el consumidor individual. Si bien reciclar y reducir nuestra huella de carbono es necesario, es insuficiente si no se exige un cambio estructural a las grandes corporaciones y a los sistemas estatales de energía. El cambio climático es un fallo sistémico de nuestro modelo de producción y consumo. No se soluciona solo con pajitas de papel, sino con una reconfiguración de cómo entendemos el crecimiento económico en un planeta de recursos finitos.
La buena noticia es que todavía hay una ventana de oportunidad, aunque se está cerrando rápidamente. Las energías renovables nunca han sido tan baratas y la conciencia pública es más alta que nunca. Pero nos falta valentía política. Necesitamos líderes que miren más allá del próximo ciclo electoral y sociedades que entiendan que la transición ecológica no es un castigo, sino la única vía para garantizar nuestra supervivencia.
El cambio climático nos está poniendo un espejo delante. Lo que vemos en él no es solo el deshielo de los polos o el avance de los desiertos, sino nuestra propia capacidad o incapacidad para cooperar como especie. La tecnología está ahí, el capital existe; lo que necesitamos es decidir, de una vez por todas, que la vida en este planeta vale más que los beneficios trimestrales de una industria agonizante.
El tiempo de las medias tintas se terminó con el siglo pasado. Hoy, la única política realista es la política radical de protección de la biosfera. Porque, al final del día, con la naturaleza no se negocia.
COORDINACIÓN CAMBIO CLIMÁTICO UTEC PORTUGUESA MINEC






































